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Tus hijos son vagos, caprichosos y quejicas, pero fuiste tú quien los crio

13 mayo 2022
Tus hijos son vagos, caprichosos y quejicas, pero fuiste tú quien los crio
Tus hijos son vagos caprichosos y quejicas pero fuiste tú quien los crio

Tus hijos son vagos caprichosos y quejicas pero fuiste tú quien los crio

Cada vez más se nota un rencor creciente a los jóvenes por parte de sus padres, pero quizá eso esté provocando que se glorifique la escasez que vivieron

Estas semanas, he tenido que enfrentarme a varias entrevistas por el libro y hay una idea que, para mi sorpresa, no deja de reaparecer una y otra vez. Aunque repito una y otra vez que lo que intento contar no es si antes se vivía mejor que ahora o al revés, sino por qué tenemos cada vez más la sensación de que los que vendrán después lo harán peor (un 73% de españoles lo pensaban el año pasado), la idea que retorna sin parar es la de que los jóvenes se quejan mucho, que parte de un axioma que en realidad es una paradoja: antes se vivía peor, pero mejor.

Una paradoja: antes se vivía peor, pero mejor

El razonamiento es siguiente. Cuando sale el tema, las generaciones mayores, que sienten cierta afrenta (y ser mayor es una actitud vital que puede englobar a casi cualquiera que naciese antes de los noventa) recuerdan que en el pasado había una dictadura, más pobreza, menos posibilidades educativas y culturales, escasez, inflación, guerras, paro, datos que siempre se acompañan con alguna historia personal ejemplarizante. Yo me casé sin un duro, tuve mi primer hijo sin tener un piso en propiedad, etc. A continuación, se añade el reproche a las nuevas generaciones, que lo han tenido todo.

Hay un rencor creciente hacia esas generaciones que lo han tenido todo

El resultado es una peculiar mezcla de resentimiento y nostalgia que se convierte en un círculo vicioso. Sí, vivíamos peor, pero éramos mejores y más felices. Un ejemplo relacionado con la educación, que es uno de esos campos abonados para esta clase de nostalgia autorreferencial: sí, los profesores eran malos; sí, nos pegaban con la regla; sí, la educación era franquista, intolerante y no disponíamos de medios para ampliar nuestro conocimiento, pero cuánto aprendíamos, no como ahora.

Últimamente, tengo la sensación de oír más hablar a los padres sobre sus hijos que al revés. La guerra generacional siempre ha sido de doble sentido, pero ahora el péndulo ha oscilado hacia el reproche de padres a hijos, quizá después de años de victimismo de la generación de la crisis. El otro día, en un programa de radio, me leyeron varios mensajes enviados por los oyentes que coincidían en el fondo de la cuestión (antes se vivía peor, ahora lo tienen todo y se quejan). ¿Cómo se atreven a ser así, con lo que les dimos?

El baile que no gustará a sus padres. (Reuters/Nacho Doce)

Un trasfondo de rencor

Lo que me llamó la atención es un trasfondo de rencor que se ha agudizado en los últimos años y que emerge del siguiente razonamiento. Como es relativamente fácil demostrar que las condiciones materiales de los jóvenes son mejores que las de sus mayores (y se procede a enumerar la serie de factores conocidos), solo cabe una posibilidad: que lo que ha cambiado ha sido el carácter de los jóvenes, la generación con más cosas de la historia y la más desagradecida. El viejo «yo» sacrificado contra el «ellos» quejica, donde tan solo aparece algún abstracto culpable, como la tecnología, el sistema educativo o lo ‘woke‘.

Hay varias actitudes llamativas en esta clase de manifestaciones. Para empezar, una autorreivindicación a través del sufrimiento, a veces hasta niveles inverosímiles. El ramillete de afrentas históricas es amplio, que van desde la pobreza más dura hasta el «es que solo teníamos un canal de televisión».

En el fondo late una idea problemática. Que esas condiciones sí que forjaban el carácter de las personas, que esa experiencia es lo que les ha convertido en lo que son, y que los jóvenes, al carecer de ellas, se han convertido en malcriados. Una guerra tenían que haber vivido.

Antes se necesitaba menos para formar una familia, pero eso no era mejor

Otra es la reducción al absurdo. Alguien decía que se había criado sin nada, pero que los chavales, ahora, se sienten tristes si no tienen el último iPhone o un coche último modelo. No sé en qué ambientes socioeconómicos se mueve alguien que se encuentra con gente así, o mejor dicho, qué clase de estereotipos tiene en la cabeza.

Lo que estos discursos tienen en común es el reproche al miedo, al salto al vacío. Otro razonamiento muy común: en el pasado, uno se casaba o tenía hijos sin la vida resuelta, con una mano delante y otra detrás, mientras que hoy «hay que tener hasta el último plato de la cubertería comprado».

Pero basta con echar un vistazo a dramas familiares y cifras de mortalidad infantil para pensar que tal vez tampoco era tan buena idea aquella de casarse a los 18 y tener cinco hijos sin más que un sueldo.

La familia que camina por la calle unida… (Reuters/Jon Nazca)

Pero el progreso de la sociedad se refleja precisamente en la capacidad de garantizar un nivel de vida mejor para todos, a diferencia del discurso natalista conservador. Como recuerdan los sociólogos y demógrafos, uno de los signos de que una sociedad se ha modernizado es tener menos hijos porque las necesidades y expectativas personales son otras. La gran paradoja se encuentra en el reproche a aquello a lo que se aspiró, en un ciclo sin fin.

Una batalla sin ganador

Como todas las lecturas generacionales totalizadoras y confrontacionales, son discursos tramposos. Para empezar, porque las generaciones son difícilmente distinguibles y por continuar, porque incluso los jóvenes emplean estas ideas, que tienen en muchas ocasiones más de ideológico que de generacional, para atacar a sus coetáneos. Circulan por la sociedad como «memes» sin que nos paremos a preguntarnos sobre ellos, pero se repiten hasta que conforman nuestra realidad. Nosotros éramos así, ellos son de esa forma.

Estas ideas muestran en el fondo la decepción hacia uno mismo

Quizá un examen más detallado de estas ideas no hagan más que mostrar la decepción con uno mismo. Porque a todos esos vagos y caprichosos los ha criado alguien; concretamente, esas generaciones que se lamentan de haber dado todo a unos desagradecidos. Estas quejan canalizan varias sospechas. La de haber sido traicionados por sus propios hijos, lo cual conduce a una sospecha aún más peliaguda: la de haber fracasado.

La única salida que deja este razonamiento es, por lo tanto, la de la nostalgia. Si en el pasado se tenían menos cosas y se vivía mejor, sin móviles ni todos esos aparatos que ya no entendemos, es necesario recuperar algo de ese pasado para evitar echar perder a nuestros hijos. Pero la trampa se encuentra en que, sin decirlo expresamente, lo que se anhela en demasiadas ocasiones es el carácter redentor que tenía la escasez en ese pasado en el que había menos derechos, menos posibilidades y menos adelantos.

las cosas «aún podían hacerse»

Lo que provoca precisamente esa nostalgia soslayada es que se haya arrebatado a los jóvenes la posibilidad de imaginar su futuro. La retórica que enaltece ese pasado peor, que se dice superado, pero en el que las cosas «aún podían hacerse» porque forjaba otra clase de carácter, es la que obvia la cuestión central: que lo que entendemos como cuestiones generacionales no son más que estructurales, en la que lo que cambian son los tiempos, no las personas, que siempre son iguales. Y si hay jóvenes vagos, caprichosos y quejicas, es porque el mundo los ha hecho así. Fuente* El Confidencial

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